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Los niños y sus pérdidas

Preocuparnos por la salud mental ha sido un gran acierto, sin embargo, deja de serlo si no volteamos la mirada hacia los niños, hacia los niños y sus pérdidas.

Como sociedad aún carecemos de educación en duelo, necesitamos más información y preparación para transitar de manera sana nuestros duelos y poder acompañar a otros, pero estamos obligados a esto cuando tenemos niños a nuestro cargo.

Muchos niños desde una edad temprana han vivido ya muchas pérdidas, por ejemplo, la pérdida de padre o madre, hermanos, separación de padres, cambio de escuela, cambio de casa; entre muchas otras. Pensar que no les duele, que no se dan cuenta o que lo olvidarán con el paso del tiempo es una creencia común que no solo lastima al niño, sino al adulto que llegará a ser, mucha de la patología de la vida adulta tiene que ver con las pérdidas en la infancia que no fueron atendidas de manera adecuada por quienes los rodeaban. Un adulto sano generalmente tuvo duelos acompañados.

Lo que nos regresa a la primera premisa, carecemos de educación en duelo. Y sin intención de lastimar, alimentados por, creencias equivocadas y sobre todo falta de información, los niños siguen siendo los olvidados, los ignorados, los excluidos de todo ritual y de los procesos por sus propios grupos familiares y sociales. Las pérdidas en los niños no se olvidan, solo se congelan y tarde o temprano los alcanzan.

En mi experiencia, comúnmente me enfrento a creencias contradictorias en las familias que han perdido a un ser querido, por un lado, no se les deja participar de los rituales porque les parecen duros y fuertes para su corta edad y por el otro, se piensa que los niños son resilientes por naturaleza. Ambas son equivocadas, en la primera porque aunque hagamos esfuerzos extraordinarios por mantenerlos al margen, están inmersos en el ambiente que se está viviendo, ven y escuchan cosas que es mejor explicarles con un lenguaje sencillo y claro, sin información de más y mucho menos violenta de  lo acontecido. No debemos olvidar que los niños son expertos en leer la comunicación no verbal (gestos y lenguaje corporal) y la paraverbal (entonación, pausas, volumen) así que decirles que todo está bien o que no pasa nada, no lo creerán, si algo los daña es la mentira y la incongruencia, muy común en estos casos.

Esto no quiere decir que tengamos que obligarlos a asistir a los rituales, lo que sí podemos es explicarles de qué se trata y preguntarles si quieren asistir, si es así, acompañarlos todo el tiempo para resolver las dudas o inquietudes que pudieran surgirles. Hay que entender que los niños tienen una forma graciosa de ver la vida, y que, a su corta edad no cuentan con recursos internos que los ayuden a procesar la pérdida, lo único con lo que cuentan es con los recursos externos, que solo puede proveerle el adulto que lo acompaña. Fomentar la expresión, el juego y el dibujo, son de gran utilidad, hablar con ellos de la vida tal y como es los dotará de muchos más recursos para enfrentar la vida y las pérdidas que sin duda enfrentarán.

El silencio y el aislamiento provocará que el pensamiento mágico y el egocentrismo, tan presente en la infancia los lleve a fantasear, de tal manera que la fantasía supere la realidad y entonces la forma de acompañar sea mucho más traumática que la misma pérdida.  

Hablar de lo que nos duele es siempre una gran herramienta para desgastar el dolor, compartir lo que sentimos con la familia nos une y da el mensaje de que es el lugar seguro para desahogo en cualquier momento de adversidad, donde podemos sostenernos unos a otros. Permitirnos ser vulnerables frente a los niños los enseña a aceptar su propia vulnerabilidad y mostrarla cuando sea necesario, normalizar el llanto cuando algo duele es un recurso maravilloso que libera no solo el cuerpo sino el alma y al mismo proceso. Dejar que los niños miren nuestras lágrimas los autoriza a hacer lo mismo y eso nunca será malo, provoca confianza y un mensaje claro de que duele perder lo que amo pero que también podré recuperarme con la ayuda y apoyo de los que me rodean.

Lo malo no es llorar frente a ellos, lo malo es no explicarles porqué, además de acompañar estas conversaciones con frases esperanzadoras como: “Estamos tristes por… pero estaremos bien”

Hagamos cultura de duelo dejando de normalizar la actitud de fuerza como un valor, sobre todo con los niños, la fuerza está en aceptar el dolor como una condición humana.

Mariza Gómez

Instituto IRMA

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