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¿Qué me pasa cuando estoy ante la tristeza o berrinche de un niño?

Mucho se habla de la educación infantil y de cómo podemos ayudar a los niños a gestionar sus emociones, lo cual es parte muy importante de un proceso educativo integral.

La idea de educar la inteligencia emocional de otros es incompleta cuando no logro voltearme a verme. ¿Qué me pasa a mí, cuando mi hijo llora? ¿Cuándo está enojado? ¿Cuándo hace un berrinche en público o en privado? ¿Cuándo se aparta de mí? ¿Mi respuesta obedece al genuino
respeto a la persona y al bienestar del niño, así como al bien común?, o a más bien ¿Es producto de mis creencias, la búsqueda de mi propio bienestar o al “deber ser”, a los “respetos humanos”, convencionalismos sociales?

Indudablemente, durante la interacción con un niño hay un movimiento en mí y es importante reconocerlo. Las emociones implican un movimiento frente a un estímulo exterior y el pretender permanecer impávido, es un auto engaño. Ser honestos con nosotros mismos, ante este hecho, entender que a veces nosotros, padres o educadores, somos los que necesitamos “un tiempo fuera”, es indispensable, tanto para nosotros como para ellos, con el fin de darle sentido al proceso del manejo de emociones.

No somos los educadores fríos e insensibles que saben en todo momento ayudar a otros sin pretender ser afectados por las emociones, sensaciones y vivencias, tanto las experimentadas en cada evento, como las que guardamos en nuestra mente y en nuestro corazón. Pues de la manera como nosotros seamos capaces de procesar estas emociones dependerá nuestra respuesta y nuestra conducta frente al niño.

Los niños nos intuyen, nos observan, antes que escucharnos. Perciben nuestras emociones a través de la observación cuidadosa de nuestros gestos, postura corporal, incluso antes de que hayamos emitido una sola palabra.

Enseñamos más con lo que hacemos, con la forma como enfrentamos los acontecimientos de nuestra vida, que con nuestras palabras. Aquí cabe más que nunca el concepto de “modelar” frente al niño un comportamiento emocional consciente, en donde nos permitimos reconocer con humildad nuestra vulnerabilidad, nuestras emociones para dar una respuesta adecuada y amorosa en cada momento de nuestra vida.

El primer paso, es entonces, reconocer que algo me pasa y ahora como un segundo paso estamos frente a, qué hacer en el momento del suceso que genera en el niño la reacción emocional, con el propósito de ser capaces de ser este sostén emocional que necesita.

Se habla en terapia del Epojé del griego “suspensión” y que recientemente se ha utilizado por la fenomenología de Edmund Husserl como la “suspensión del juicio”, un estado de la conciencia en el cual ni se niega ni se afirma nada, que en otras palabras significa, observar el hecho y poner temporalmente; fuera del acontecimiento, mis creencias, emociones y centrarnos en las de nuestro paciente, dejando que lo que le pasa a la persona con la que interactuamos ser la prioridad, con el objetivo claro de permitirle gestionar sus sentimientos y emociones.

Este concepto me parece muy valioso en la interacción con los niños y una vez que hemos acompañado al niño en su proceso; permitirnos a nosotros mismos, gestionar y procesar en nuestra intimidad lo que descubrí que me pasó internamente. Puede ser que el berrinche, la tristeza, la euforia, la tristeza o su llanto haya revivido algún recuerdo o experiencia sensible, derivada de nuestra historia de vida, que, de no procesarlo adecuadamente, puede resurgir en momentos inadecuados, que puedan ser un obstáculo para tener una relación sana con nuestros niños y que de no hacerlo pueda resultar en indiferencia o agresión, que pueda impedir que el niño gestione adecuadamente sus emociones.

Esta reflexión la podemos ampliar a la relación de pareja, relaciones sociales y laborales y llevar al campo de la terapia o de la reflexión personal, las emociones y experiencias que surgen en nosotros frente a la interacción con otras personas.

Beatriz Anaya Berríos.

Instituto IRMA

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