Este mes de marzo me transporta en el tiempo, no solo por ser el mes de la mujer, sino por un mensaje que circuló reiterativamente al terminar la entrega del Oscar. Jessie Buckley, quien protagonizó la película “Hamnet”, inspirada en el libro de Maggie O’Farrell, después de llevarse la estatuilla por interpretar magistralmente el papel de Agnes Hathaway, la esposa de William Shakespeare; una madre en duelo. Dedicó el premio al “hermoso caos del corazón de una madre. Todas provenimos de un linaje de mujeres que siguen creando contra viento y marea”.
Casualmente unos meses antes terminé de leer la obra y me llevó a revivir la partida de mi pequeño Santiago que estuvo en mi vientre tan solo 11 semanas. ¡Es cierto! No hay un tiempo “ideal” para estar preparada ante la partida de un hijo. 11 semanas de gestación tenía mi bebé, 11 años tenía “Hamnet” cuando la Peste arrancó su vida.
El 8 de marzo alzamos la voz para reconocer el valor, la resiliencia, la autonomía, la inquebrantabilidad de la mujer. Nuestra gran capacidad de ser lideres, jefas de familia, madres, proveedoras; “creadoras contra viento y marea”. Tenemos una gran fortaleza que podemos desplegar aún en los escenarios más complicados. Y nos gusta demostrarlo, retarnos y evidenciar que podemos.

Así me viví yo hace casi 31 años, con dos hijos pequeños y embarazada, con el sueño de materializar IRMA, de ver publicado mi libro que iba en camino, de aportar a mi familia naciente con las clases que iniciaría en breve.
Santiago no creció, no llegó a nacer ¿cómo sentirme mal? ¿cómo lamentarme yo? Que creía firmemente en la posibilidad de ser todo al mismo tiempo: mamá, emprendedora social, autora, esposa, ama de casa. Quería consolar a las mamás en duelo, en esa pena invisible que se vive tan silenciosamente porque ese hijito no se conoció, no se cargó y era tan pequeño que parecía que no existió.
Qué fácil es cargarnos de responsabilidades, sueños, tareas con la creencia de que “debo hacerlo todo y al mismo tiempo” ¿quién nos dijo eso? ¿en qué momento nos lo creímos? Y empezamos a cargar una autoexigencia como si hubiera alguien tomando nota de lo que hacemos o dejamos de hacer, y no solo nota, sino dando una “calificación”.
¿Soy buena madre? Atenta, alegre, que no llora, que no se detiene y menos se lamenta ni llora. Qué impresión la historia de Hamnet y cómo su madre se vuelca en el trabajo, en “sacar adelante a sus niñas” en suplir a su esposo ausente por el trabajo que le llevaba a evadir-sublimar su pena por la muerte de su niño. Me recordó que esa autoexigencia llega a esconder una culpa no real, ni sana, ante el fallecimiento de un hijo.
“Hay que pagar de algún modo, porque no logré cuidar bien de ese hijo”, porque no di todos los medicamentos suficientes, porque estaba cansada y me distraje, o porque ante la noticia del embarazo no respondí con “fuegos artificiales” y si con preocupación y miedo ante una nueva maternidad.
Dejar de mirarnos con compasión, ternura, validación, nos lleva a creernos que debemos ser perfectas, invulnerables y controlar lo que pensamos, sentimos para no dejar de “hacer lo que debemos hacer”. Como si tuviéramos que demostrar un temple varonil ante nuestros duelos de madre.
Sentir dolor, tristeza, cansancio, enojo cuando un hijo muere antes de tiempo, antes de lograr cuidarlo, acunarlo; está bien. Es natural, es bueno, es decir ¡me importa! ¡lo amo! ¡deseaba y anhelaba su existencia!, solo no quería las circunstancias difíciles, dolorosas o vivirlas en soledad.
Está bien sentirte mal, está bien necesitar ayuda, pedirla, dejarse acompañar y mostrar a todos los que nos rodean la gran oportunidad que es ofrecer acogida, respeto y compañía. Es muy sencillo caer en la autoexigencia o dejarse presionar para cubrir roles y tareas impuestas por otros que necesitan también “comprender la capacidad del amor de una madre” y al mismo tiempo el “hermoso caos del corazón de una madre”. Esta “ambivalencia” nos lleva a recordar que nos necesitamos, necesitamos vernos padres y madres y poder contar con una sociedad que honre, respete, acompañe y promueva esta aportación única del estilo femenino a nuestro mundo.
Mari Carmen Alva
Instituto IRMA
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