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El regalo inesperado de mis 50

En enero de 2020, cuando aún ni imaginábamos que se desataría una pandemia, cumplí 50 años. Honestamente, estaba viviendo una de las mejores etapas de mi vida. Mis seis hijos estaban en casa, todos estudiando o trabajando; llevábamos un plan de vida saludable, con alimentación sana y ejercicio; estábamos por cumplir 30 años de feliz matrimonio, a punto de alcanzar el 20 aniversario de nuestro querido Instituto IRMA, y yo vivía con equilibrio en mi salud.

Llegó la pandemia, que tanto nos enseñó y que, en mi caso, me dio la oportunidad de convivir 24/7 con esta familia loca de ocho. La disfruté por eso, y también porque alimentó mi espíritu compasivo y creativo.

Me sentía plena e incluso un poco más sabia. Empecé a preguntarme: ¿cuál será la herencia que quiero dejar a este mundo que me vio nacer? Pero cuando la salud empezó a mermar, esa pregunta se volvió ansiosa e imposible de responder. Y lo más difícil fue descubrirme incapaz de ejecutar al mismo ritmo, con el mismo nivel de creatividad y rendimiento que yo percibía haber alcanzado.

Muchas veces seguimos caminando con la idea de que, a estas alturas de la vida, ya deberíamos saber responder a los desafíos, tener más control, ser más fuertes y rendir más. Pero no siempre es así, y asumirlo puede ser profundamente frustrante.

Empecé a “romperme”, literalmente. No solo sufrí fracturas en una y otra ocasión, que me obligaban a detenerme y a soltar el ritmo de ejercicio y salud que marchaba como un reloj; también comencé a experimentar estrés y angustia ante situaciones aparentemente pequeñas que resolver. Al acumularse y no ser vistas ni atendidas adecuadamente, empezaron a derrumbarme.

Ser más consciente de la fragilidad y del impacto emocional que tienen las crisis de salud, las dificultades económicas, los problemas de relación, el estrés, los cambios hormonales y el agotamiento ha sido el regalo de mis cincuenta. ¿Cómo puede ser un regalo si ha sido doloroso, difícil y me ha exigido más paciencia de la que creía tener?

La maravilla y el regalo escondido, que siempre está ahí esperando, es descubrir que no estuve sola y que no estoy sola. Queridas amigas que son hermanas, mi hermana que es amiga, mi esposo y mis hijos han estado para iluminar, sostener e impulsar mi camino. Para recordarme que no solo el deseo, la fe y el amor son suficientes si uno no hace el trabajo, si no se deja acompañar y si no pide ayuda.

También me han ayudado a ver lo que sí tengo, a reconocer mis recursos y a trazar un plan que me lleve a un rendimiento sostenible; a regresar al pensamiento creativo y a la alegría de compartir, escuchar y convivir. He iniciado un proceso terapéutico con un alma hermosa que me ve y me ayuda a verme; a reconocer todo aquello que sí existe en mí, los recursos que tengo y que simplemente estaban cansados o dormidos.

Eso mismo deseo para ti, mi querido lector: que nos miremos con honestidad y construyamos, o rediseñemos, un plan de vida lleno de sentido; que podamos devolver un poco más de lo que hemos recibido y que, cuando llegue el momento de partir, lo hagamos con la gratitud y la satisfacción de haber hecho lo que teníamos que hacer.

Mari Carmen Alva

Instituto IRMA

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