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Árboles caídos.

Revelan la fragilidad de sus raíces.


El pasado mes de septiembre, salí como todas las mañanas a mi paseo ciclista y me encontré cerca de 20 árboles caídos a mi paso.  La noche anterior hubo una gran tormenta en la zona, con fuertes vientos que arrancaron de raíz a muchos árboles que solían acompañarme a mi paso cada mañana. Eran árboles enormes, frondosos, altos, algunos espigados y otros robustos, unos eucaliptos y otros pirules, pero todos con un común denominador; raíces poco profundas.

Árboles caídos que atravesaban el canal de lado a lado, que tiraron bardas, rompieron banquetas y cambiaron la zona de juegos para niños al levantar buena parte del piso; parecían despojos de guerra.

Esta escena, por más desoladora y triste de un camino que solía estar abarrotado de verde, que iluminaba e inundaba de paz y penetraba los pulmones con un aire limpio después de cada día lluvioso, desentierra un mensaje profundo.

Tan profundo que desvela lo efímero de una belleza, que incluso irradió de paz, luz, sombra y que fue cobijo de nidos de periquitos verdes y sí, en plena ciudad, algunos de ellos crecieron hermosos a un costado de los canales que hoy son de aguas residuales. Lo efímero porque al caer, dejaron al descubierto tan poca raíz.

Echar raíz es algo que aspiramos a lograr en algún punto de nuestras vidas: crecer, dar fruto y que con raíz profunda se cimiente todo el peso del tronco, que lo mantenga erguido, fuerte a las pruebas, a las ventiscas para que esté listo de soportar vientos de tormenta, de crisis. Hundir las raíces hasta llegar a esos nutriente que me permitan fortalecerme, crecer en conciencia, en claridad hacia la luz, hacia lo alto del cielo en donde no solo vislumbre la belleza del panorama, sino que con las múltiples ramas logre albergar frutos y otras especies que quieran descansar en mí a lo largo de crecer y crecer, que ayuden a reparar esas ramas quebradas o dar la sorpresa de ser terreno para que flores de buganvilia se impulsen junto conmigo a lo alto y después de una larga vida; trascienda mi historia y no quede como un árbol caído que no logró echar raíz que lo sostenga.

Mari Carmen Alva

Instituto IRMA

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