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El duelo que pocas veces se nombra: el duelo de los padres.

Para muchos hombres, el Día del Padre es una celebración llena de abrazos, dibujos infantiles y palabras de orgullo. Pero existe otra realidad: la de aquellos hombres que también son PADRES, aunque no tengan a su hijo en los brazos. Aquellos que han vivido una pérdida gestacional o perinatal y enfrentan esta fecha con un dolor profundo.

Cuando ocurre una pérdida durante el embarazo o poco después del nacimiento, el foco social suele centrarse en la madre. Es comprensible: su cuerpo ha atravesado el proceso físico y emocional de la gestación, por lo que suele recibir mayor atención médica y preocupación por su bienestar después de la pérdida. Se le permite a la mamá llorar, expresar su dolor abiertamente; de alguna manera, es más fácil de comprender para los demás. Sin embargo, esto deja en segundo plano el duelo del padre. A esto se suma la expectativa cultural de que el hombre debe sostener, contener y apoyar a su pareja y mantenerse “fuerte”. Muchas veces se posiciona automáticamente como el apoyo principal de la pareja. En lugar de preguntarle también a él cómo está, se espera que sea él quien pregunte. En lugar de ofrecerle consuelo, se le asigna el rol de brindarlo. Así que, para él, su duelo queda relegado, silenciado, no porque duela menos, sino porque no encuentra el mismo permiso para poder expresarlo.

Hay padres que no tienen fotos familiares con sus hijos, eso no les quita su identidad de padres. Ser padre no depende únicamente de la convivencia o la crianza visible, sino también del vínculo emocional que tuvo con su bebé. En el caso de pérdida gestacional o perinatal, ese vínculo puede haber sido breve en tiempo, pero no en intensidad. Es un amor adelantado, lleno de ilusiones y sueños que se quedaron suspendidos. Es un proyecto de vida que no pudo realizarse, pero que dejó una marca permanente. Y en el Día del Padre, esa ausencia se vuelve especialmente presente.

Muchos hombres describen sentirse solos en su proceso. Pueden experimentar una mezcla de emociones: tristeza, culpa, impotencia, frustración e incluso una sensación de “no tener derecho” a sentirse tan afectados. Esto se agrava cuando su entorno minimiza la pérdida con frases como “ya vendrán más hijos” o “sé fuerte por tu pareja”. Estas ideas no solo invalidan el duelo, sino que empujan al hombre a seguir ocultando su dolor. Con el tiempo, esto puede traducirse en desconexión emocional, irritabilidad, ansiedad o una tristeza profunda no expresada, y es importante reconocer que ellos también pasan por un duelo.

Aunque la pareja atraviesa la misma pérdida, cada uno la vive de forma distinta. Mientras una persona puede necesitar hablar constantemente, la otra puede recurrir al silencio. Ninguna forma es incorrecta. Sin embargo, estas diferencias pueden generar distancia entre la pareja si no se comprenden. Por eso, es importante abrir espacios seguros donde ambos puedan expresar su dolor sin juicios, sin expectativas. El hombre también necesita ser escuchado y sostenido.

En fechas como el Día del Padre, un pequeño gesto puede marcar una gran diferencia. Hay que recordar que sigue siendo padre; palabras como: “sé que este día puede ser difícil para ti” pueden brindarle reconocimiento y consuelo. Validar su paternidad, aunque no sea visible, es honrar su experiencia.

El duelo gestacional o perinatal no desaparece, se transforma. Y en medio de ese proceso, reconocer a los padres en su dolor es una forma de resignificar lo vivido. No se trata de reemplazar lo que se perdió, sino de dar espacio a ese amor que SÍ existió. Porque hay padres que celebran con risas… y otros que celebran con lágrimas. Y ambos merecen ser vistos.

Psic. Adriana Alemán

Instituto IRMA

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